23 nov. 2016

La Caída de Singhasari


Mayapajit, la última monarquía hinduista-budista antes de la islamización de Indonesia, fue establecida en Java en 1293 por el rey Kertarajasa en sustitución del reino de Singhasari, que no pudo heredar de su suegro, el rey Kertanegara, víctima de la traición de un vasallo. Se trata del mismo Kertanegara que se negara tres veces a pagar tributo a Kublai Kan, el emperador mongol de la China.

Contrario a su costumbre, tal vez por la distancia y el obstáculo marítimo, Kublai había sido amable y encomendado a diplomáticos reclamar el tributo en 1280, 1281 y 1289. La tercera vez, Kertanegara quiso ser más elocuente en su negativa y con sus propias manos le cortó las orejas al embajador mongol, ordenando además que le anotaran con una daga la respuesta en la cara:

“Kublai, ya te dije que no. 
Kertanegara de Singhasari”

El desdichado enviado, un chino llamado Meng, tenía la cara ancha, pero casi no alcanza. El procedimiento fue bastante doloroso porque en parte hubo que repetirlo por culpa de una falta de ortografía, que borraron previamente con una plancha de hierro ardiente. Cuando Kublai lo vio meses más tarde, le pareció una falta de respeto. Y el escarificado mandarín insistió en que también había sido un robo, ya que antes de soltarlo los javaneses le devolvieron las orejas sin el arete con diamante que tenía en la derecha. El emperador, un nieto de Gengis Kan, no era mongol puro, pues su madre era turca, por lo que tenía una vena natural para la poesía y pronunció entonces unos versos dedicados al renegado de Java:

Kertanegara, oh tú infame 
Inmundo animal malayo
Te haré colgar por las tripas
Y que te arranquen el tallo

Y a continuación ordenó la invasión de Singhasari.

Tomó cierto tiempo preparar la flota de juncos imperiales, pero a finales de 1292 la infantería de marina del kan, formada por 25,000 chinos cantoneses, partió hacia Java. Sin embargo, para entonces las cosas en la isla habían cambiado dramáticamente.

A sabiendas de haber provocado la ira del Gran Kan, desde 1290 Kertanegara había comenzado a ocupar los principados malayos de la costa de Java y Sumatra para preparar la defensa del reino. Esta situación provocó una cierta antipatía entre esos vasallos, que se complotaron dirigidos por Jayakatwang, el virrey de la sureña región de Kediri. Kertanegara no lo vio venir y en 1292 cayó en la trampa al enviar a su doble yerno Sangramawijaya –el futuro Kertarajasa, llamado a menudo Raden Wijaya, estaba casado con dos de las hijas del emperador– con todo el ejército singhasarino disponible –buena parte estaba en Sumatra en aquel momento– a enfrentar un simulacro de ataque rebelde en la costa norte. Kutaraja, la capital del reino, quedó completamente desprotegida. Y ahí se apareció Jayakatwang con su tropa desde el sur.

Kertanegara trató de salvarse usando la inmunidad litúrgica y organizó un tantra espontáneo. Como buen budista, Jayakatwang esperó a que acabase la ceremonia con el mandau –un machetón malayo, también conocido como parang ihlang– en la mano. Pero pasadas unas horas, cuando quedó claro que no había planes de acabar, Jayakatwang profanó el templo y pasó por el mandau a un Kertanegara que gritaba que no.

Regresando de la costa con sus 5,000 efectivos Sangramawijaya se enteró de lo sucedido, y de que Jayakatwang había acumulado un ejército de 100,000 hombres; así que le pareció prudente usar un mediador para ofrecer su obediencia a Jayakatwang como regente de Singhasari a cambió de su vida y un terreno de la elección del nuevo soberano. Jayakatwang aceptó y le otorgó a Sangramawijaya un pedazo de selva en la ladera de un volcán, que prometía ser fértil una vez que espantasen a las numerosas manadas de orangutanes que habitaban la zona. Ese dominio fue bautizado como Mayapajit.

Y aquí, comenzando 1293, es que aparecen los 25,000 chinos en la costa.

Ni corto ni perezoso, Sangramawijaya traicionó a su nuevo patrón y corrió a ponerse a disposición de los invasores, quienes aceptaron ayudarlo a recuperar Singhasari, si prometía pagar el tributo a Kublai Kan una vez en el trono.

Pese a su enorme superioridad numérica, los desordenados malayos con machetes y cerbatanas poco pudieron hacer frente a los disciplinados chinos con armaduras y ballestas. Tras una cadena de victorias las tropas del Gran Kan sitiaron Kutaraja. Desde el palacio real, Jayakatwang mandó a preguntar si los chinos eran budistas. Cuando le contestaron que eran confucianos, supo que su destino estaba sellado. Se rindió y en una bonita ceremonia fue decapitado.

En tanto, Sangramawijaya pidió permiso a los chinos para ir a Mayapajit a recolectar el tributo del Gran Kan. Era una burda mentira, pues todavía aquello estaba lleno de orangutanes. Los incautos chinos lo dejaron ir. Y de inmediato Sangramawijaya comenzó una intensa guerrilla contra sus ex aliados, usando todo tipo de ardides como trampas para rinocerontes, incendios forestales y dardos envenenados. Pronto se le unieron los sobrevivientes del ejército de Jayakatwang. En pocas semanas los chinos habían sufrido 3,000 bajas y se replegaron a la costa, donde eran inmunes a las guerrillas mayapajitanas.

Se acercaba la temporada de monzones que impediría la navegación por medio año y era evidente que la hostilidad malaya haría muy difícil obtener alimentos, por lo que los 3 generales de la expedición decidieron regresar a China. Allí Kublai los hizo azotar en público, pero les perdonó la vida. En definitiva, no era mongol del todo. Igual Kublai aseguró que eso no se iba a quedar así. No tuvo tiempo de cumplir su palabra, pues falleció en febrero de 1294 casi octogenario.

Por su parte, Sangramawijaya se proclamó rey de Mayapajit e
n noviembre de 1293, con el nombre de Kertarajasa, y declaró que su compromiso tributario con el kan sólo era válido para la extinta Singhasari. Su reino y dinastía perdurarían hasta 1527.

La Caída de Singhasari


Mayapajit, la última monarquía hinduista-budista antes de la islamización de Indonesia, fue establecida en Java en 1293 por el rey Kertarajasa en sustitución del reino de Singhasari, que no pudo heredar de su suegro, el rey Kertanegara, víctima de la traición de un vasallo. Se trata del mismo Kertanegara que se negara tres veces a pagar tributo a Kublai Kan, el emperador mongol de la China.

Contrario a su costumbre, tal vez por la distancia y el obstáculo marítimo, Kublai había sido amable y encomendado a diplomáticos reclamar el tributo en 1280, 1281 y 1289. La tercera vez, Kertanegara quiso ser más elocuente en su negativa y con sus propias manos le cortó las orejas al embajador mongol, ordenando además que le anotaran con una daga la respuesta en la cara:

“Kublai, ya te dije que no. 

Kertanegara de Singhasari”


El desdichado enviado, un chino llamado Meng, tenía la cara ancha, pero casi no alcanza. El procedimiento fue bastante doloroso porque en parte hubo que repetirlo por culpa de una falta de ortografía, que borraron previamente con una plancha de hierro ardiente. Cuando Kublai lo vio meses más tarde, le pareció una falta de respeto. Y el escarificado mandarín insistió en que también había sido un robo, ya que antes de soltarlo los javaneses le devolvieron las orejas sin el arete con diamante que tenía en la derecha. El emperador, un nieto de Gengis Kan, no era mongol puro, pues su madre era turca, por lo que tenía una vena natural para la poesía y pronunció entonces unos versos dedicados al renegado de Java:
Kertanegara, oh tú infame 

Hijo de perra malaya 
Te voy a hacer picadillo 
A ti y a tu puta familia

Y a continuación ordenó la invasión de Singhasari.

Tomó cierto tiempo preparar la flota de juncos imperiales, pero a finales de 1292 la infantería de marina del kan, formada por 25,000 chinos cantoneses, partió hacia Java. Sin embargo, para entonces las cosas en la isla habían cambiado dramáticamente.

A sabiendas de haber provocado la ira del Gran Kan, desde 1290 Kertanegara había comenzado a ocupar los principados malayos de la costa de Java y Sumatra para preparar la defensa del reino. Esta situación provocó una cierta antipatía entre esos vasallos, que se complotaron dirigidos por Jayakatwang, el virrey de la sureña región de Kediri. Kertanegara no lo vio venir y en 1292 cayó en la trampa al enviar a su doble yerno Sangramawijaya –el futuro Kertarajasa, conocido además como Raden Wijaya, estaba casado con dos de las hijas del emperador– con todo el ejército singhasarino disponible –buena parte estaba en Sumatra en aquel momento– a enfrentar un simulacro de ataque rebelde en la costa norte. Kutaraja, la capital del reino, quedó completamente desprotegida. Y ahí se apareció Jayakatwang con su tropa desde el sur.

Kertanegara trató de salvarse usando la inmunidad litúrgica y organizó un tantra espontáneo. Como buen budista, Jayakatwang esperó a que acabase la ceremonia con el mandau –un machetón malayo, también conocido como parang ihlang– en la mano. Pero pasadas unas horas, cuando quedó claro que no había planes de acabar, Jayakatwang profanó el templo y pasó por el mandau a un Kertanegara que gritaba que no.

Regresando de la costa con sus 5,000 efectivos Sangramawijaya se enteró de lo sucedido, y de que Jayakatwang había acumulado un ejército de 100,000 hombres; por lo que le pareció prudente usar un mediador para ofrecer su obediencia a Jayakatwang como regente de Singhasari a cambió de su vida y un terreno de la elección del nuevo soberano. Jayakatwang aceptó y le otorgó a Sangramawijaya un pedazo de selva en la ladera de un volcán, que prometía ser fértil una vez que espantasen a las numerosas manadas de orangutanes que habitaban la zona. Ese dominio fue bautizado como Mayapajit.

Y aquí, comenzando 1293, es que aparecen los 25,000 chinos en la costa.

Ni corto ni perezoso, Sangramawijaya traicionó a su nuevo patrón y corrió a ponerse a disposición de los invasores, quienes aceptaron ayudarlo a recuperar Singhasari, si prometía pagar el tributo a Kublai Kan una vez en el trono.

Pese a su enorme superioridad numérica, los desordenados malayos con machetes y cerbatanas poco pudieron hacer frente a los disciplinados chinos con armaduras y ballestas. Tras una cadena de victorias las tropas del Gran Kan sitiaron Kutaraja. Desde el palacio real, Jayakatwang mandó a preguntar si los chinos eran budistas. Cuando le contestaron que eran confucianos, supo que su destino estaba sellado. Se rindió y en una bonita ceremonia fue decapitado.

En tanto, Sangramawijaya pidió permiso a los chinos para ir a Mayapajit a recolectar el tributo de kan. Era una burda mentira, pues todavía aquello estaba lleno de orangutanes. Los incautos chinos lo dejaron ir. Y de inmediato Sangramawijaya comenzó una intensa guerra de guerrilla contra sus ex aliados, usando todo tipo de ardides como trampas para rinocerontes, incendios forestales y dardos envenenados. Pronto se le unieron los sobrevivientes del ejército de Jayakatwang. En pocas semanas los chinos habían sufrido 3,000 bajas y se replegaron a la costa, donde eran inmunes a las guerrillas mayapajitanas.

Se acercaba la temporada de monzones que impediría la navegación por medio año y era evidente que la hostilidad malaya haría muy difícil obtener alimentos, por lo que los 3 generales de la expedición decidieron regresar a China. Allí Kublai los hizo azotar en público, pero les perdonó la vida. En definitiva, no era mongol del todo. Igual Kublai aseguró que eso no se iba a quedar así. No tuvo tiempo de cumplir su palabra, pues falleció en febrero de 1294 casi octogenario.

En noviembre de 1293 Sangramawijaya se proclamó rey de Mayapajit con el nombre de Kertarajasa y declaró que su compromiso tributario con el kan sólo era válido para la extinta Singhasari. Su reino y dinastía perdurarían hasta 1527.

3 mar. 2016

Invento Chino



Las estadísticas de la Oficina Europea de Patentes muestran la continuidad del dominio americano en creatividad e innovación. En 2015 se presentaron en Europa 42,692 solicitudes de patentes de inventores americanos, seguidos de lejos por los alemanes con 24,820 y los japoneses con 21,426. Podría pensarse que es lo de siempre puesto que éste es el ranking habitual desde hace más de 40 años, pero hay ciertas diferencias tendenciales si comparamos la situación actual con la de 2006. Desde entonces los americanos han aumentado su creatividad en un excelente +23.53%. Los alemanes, en cambio, están practicamente en el mismo lugar con apenas +0.17%, mientras que los japoneses presentan incluso un delta negativo con un miserable -3.48%. Y es entonces que saltan a la vista los valores de los chinos. En 2015 los chinos presentaron 5,721 patentes, lejos de los líderes, pero en 2006 eran solamente insignificantes 730. Eso representa un exorbitante crecimiento de 683.70%.

De mantenerse estas tendencias generales, pese a las naturales oscilaciones ocasionales, tendríamos la siguiente proyección para los próximos años.



De esta manera los chinos habrían superado a los americanos en 2025 por casi 25,000 patentes, pero en 2033 mostrarían un dominio salvaje de la innovación mundial con más de 3 veces el número de patentes combinadas de USA, Alemania y Japón. Parece un escenario delirante, pero en 1400 aD -de haber habido registro de patentes- la proporción de China contra el resto del mundo hubiera sido probablemente 10 a 1. No hay que olvidar tampoco que el IQ promedio chino (107) es 9 puntos superior al americano (98) y 5 más que el alemán (102). Amén de que el IQ americano desciende 0.3 punto año tras año desde finales del siglo pasado y que el alemán bajará incluso a lo bestia en los próximos años con la masiva inmigración musulmana y su enorme descendencia.

Y otra cosa no menos importante: en China se mantiene hasta hoy el culto escolar a la inteligencia, con premio para los mejores estudiantes y escarnio para los peores. Lo contrario de USA y su colonia cultural alemana, donde la corrección política ha impuesto que a todos niños, incluyendo a los imbéciles, les toque algún reconocimiento.

2 dic. 2015

Momentos De La Historia # 1




Hay un momento de la historia en que el gran visir otomano Kara Mustafá Pachá se encuentra en los aposentos privados de la fortaleza de Belgrado en compañía de dos siervas serbias tras su desastrosa derrota tres meses atrás frente a las puertas de Viena a manos de los húsares alados del rey polaco Jan Sobieski. En eso aparece su esclavo Yousef, un negro eunuco, y le susurra que ha llegado un grupo de jenízaros enviados por el sultán. El visir sufre un golpe de anemia súbita, pero todavía no pierde la cabeza. Se le afloja nada más. Pálido consigue al menos levantar el resto de su imponente humanidad y ordena:

- Saca las dos perras y tráeme la alfombra de rezar.

Mas es inútil. Antes de la segunda sura entran los jenízaros y le muestran la corbata de seda negra: la condena a muerte imperial. El sultán se ha enterado de los dislates austriacos de Mustafá. Los principales son que en camino a Viena dejó la artillería pesada atascada en el fango de Bosnia y Croacia, y que luego durante el sitio de la ciudad denegó varias propuestas de proteger la única colina del valle del Danubio, desde donde finalmente lo sorprendieron los polacos por atrás. Tampoco se ha olvidado el fracaso del gran visir frente a rusos y cosacos en Ucrania con anterioridad.

Y Mustafá, con la misma tranquilidad con que ordenó ejecutar los 30 mil rehenes cristianos antes de retirarse de Viena, demanda:

- ¡Sea la voluntad de Alá! ¡Quitad la alfombra y amarrad bien la corbata!

Lo estrangulan entre dos jenízaros, albaneses como el visir, y llaman a un carnicero tártaro para desollar la cabeza y llevar la piel rellena de paja ante el sultán.

Y el abisinio Yousef, que nació cristiano y con bolas, se queda con la alfombra de rezar como único premio material por haber revelado los graves errores del gran visir en una carta secreta a Kara Ibrahim Pachá, el kaymakam o sustituto y luego sucesor de Mustafá.



18 nov. 2015

Francia: un país, dos estados y paz




Finalmente tenemos una propuesta justa y pacífica para resolver el problema francés. Nos hemos inspirado precisamente en las recomendaciones de Francia durante las últimas 3 décadas para resolver el problema palestino: la posibilidad de que dos estados, uno francés y otro musulmán, vivan en paz uno al lado del otro.

La buena noticia es que es perfectamente posible. Considerando las zonas de alta población árabe, se puede definir la división de forma bastante clara. No quedará perfecta, pero sí se puede hacer.



 

La mala noticia es que será muy complicado compartir Île-de-France, la región parisina. Así que probablemente habrá que entregársela a los árabes. Incluso manteniendo un pedazo de la ciudad, en forma de enclave al estilo del antiguo Berlín occidental, igual será mejor cambiar la capital de la nueva Francia francesa. Recomendamos Nantes para capital, puesto que Lyon, Marsella, Toulouse, Lille, Burdeos, Niza, Estrasburgo y Grenoble quedarán –obviamente– en el lado musulmán.

En fin, de poder se puede, todo es cuestión de querer la paz. Otra cosa es cómo lidiar con las intifadas después, pero ese no es el tema ahora mismo.

Y para terminar: los nombres. Lógicamente, el estado de los franceses se llamará Francia. Para el estado de los musulmanes proponemos: Franquistán, Cisargelia o, si toma un giro más piadoso, ISFO (Estado Islámico de Francia y Occidente).

He aquí la nueva Francia: un país, dos estados y, sobre todo, paz.


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